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El precariado migrante

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Dr. Silvino Vergara Nava

“La historia de la humanidad es la

historia de la migración, pero hoy particularmente

de la migración de la pobreza”

 

¿Por qué no dejamos pasar en la frontera sur a los migrantes hondureños?, ¿por qué se tienen que tirar al río para pasar la frontera?, ¿por qué sí dejamos pasar a las hordas de turistas que llegan en aviones de Europa, Asía y Norteamérica?, ¿por qué discutimos la construcción del suntuoso aeropuerto y no el paso a los migrantes centroamericanos?

La respuesta a todas estas preguntas es muy clara y contundente: ellos, los migrantes del sur son pobres, son desempleados, no son estudiados, son manipulados, pero, sobre todo, son centroamericanos; frente a lo cual, la historia oficial mexicana se ha encargado, desde las primeras lecciones en las escuelas, de decir que nunca, nunca, pero nunca, hay que voltear nuestros ojos ni, menos aún, nuestro pensamiento al sur; siempre debe ser al norte, al norte de América y a Europa.

Fray Bartolomé de las Casas, que —a decir del filósofo Enrique Dussel (En búsqueda del sentido. México: Colofón, 2017)— es pionero del pensamiento alternativo por sobre el pensamiento central europeo, sostenía, en los tiempos de la conquista de América (donde murieron 50 millones de personas), que para algunos tal conquista debería llamarse invasión, que: “los indígenas morían primero”. Quinientos años después, son los migrantes los que mueren primero, pero, desde luego, los migrantes pobres, los que se echan a su suerte para buscar un mejor porvenir para el desastre que tienen en sus vidas, así como en su entorno, en su nación.

¿Quien es el causante de esta migración? En primer término, el actual gobierno yanqui, con el afán de continuar con el muro de la frontera norte; en segundo término, el gobierno hondureño, cuya incapacidad ha provocado esa migración; en tercer término, el ambiente en los países centro americanos, pues —a decir de los mexicanos residentes en esos países— el ambiente impulsa a que las personas realicen esa expedición para acudir al norte como única alternativa, dejando a sus familias y costumbres. Pero el principal causante de este problema es el sistema capitalista actual, que se ha vuelto un sistema devorador de personas, pues ha impulsado el desarrollo económico a costa de ellas; hoy, solamente existe la economía y nada más que ella. Por ello, estamos ante la presencia de una ausencia generalizada de ideales en las personas; la materialización y el consumismo son los únicos que subsisten para dar razón a la existencia humana. Por tanto, aquel que no puede tener el carácter de consumidor no tiene el carácter de ser humano, y pareciera que esto sucede con los migrantes hondureños actuales, como lo sintetiza el profesor sociólogo Zygmunt Bauman: “Vincular la pobreza con la criminalidad tiene otro efecto: ayuda a desterrar a los pobres del mundo de las obligaciones morales.” (Trabajo, consumismo y nuevos pobres. Barcelona: Gedisa, 2008).

Y criminalizar a los migrantes es lo que esta sucediendo, no únicamente en el país del norte, sino, también, en las poblaciones mexicanas por donde pretenden pasar los migrantes. En ellas ya se asume que son delincuentes, aun sin que se les de la oportunidad de comportarse, menos aun de defenderse. Desde luego, esta medida política de considerarlos así es una prueba de la necesidad que tiene el país del note de contar con enemigos, pues lo cierto es que no cuenta con los ideales para justificar su existencia ni para que su liderazgo se considere hegemónico, pues esto no sucederá, a menos que los rusos y su población diga otra cosa. Así, pues, criminalizar la pobreza es una muestra de la necesidad que tiene el gobierno norteamericano de contar con enemigos, que son los que mantienen el sistema, pues, de lo contrario, la ausencia de ladrones haría innecesario el presupuesto de egresos en la parte que corresponde, por ejemplo, a la seguridad pública. Por ello, siempre ha sido necesario provocar la existencia de enemigos, por lo menos con los migrantes pobres, a los que les denominó el propio profesor Zygmunt Bauman como “precariado” (Confianza y temor en la ciudad vivir con extranjeros. Barcelona: Arcadia, 2006), pues se trata de un número numeroso de personas que permiten justificar la existencia del estado policial.

Pero, desde el punto de vista jurídico, es evidente que México debe asumir su responsabilidad establecida en el artículo 2° de la ley de migración, que sostiene textualmente: “Son principios, en los que debe sustentarse la política migratoria del Estado mexicano, los siguientes: respeto irrestricto de los derechos humanos de los migrantes, nacionales y extranjeros, sea cual fuere su origen, nacionalidad, género, etnia, edad y situación migratoria, con especial atención a grupos vulnerables como menores de edad, mujeres, indígenas, adolescentes y personas de la tercera edad, así como a víctimas del delito. En ningún caso, una situación migratoria irregular preconfigurará por sí misma la comisión de un delito ni se prejuzgará la comisión de ilícitos por parte de un migrante por el hecho de encontrarse en condición no documentada […] Congruencia de manera que el Estado mexicano garantice la vigencia de los derechos que reclama para sus connacionales en el exterior, en la admisión, ingreso, permanencia, tránsito, deportación y retorno asistido de extranjeros en su territorio”. Lo cual es suficiente para que se tenga la respuesta de cuál es el papel que debe asumir el gobierno mexicano y sus instituciones ante esta crisis migratoria.

 

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